El trailero

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—Duermen, creo que todos duermen.
—¿Dónde?
—Adentro de las unidades, traen clima, por eso están encendidas.

Tras largas jornadas de más de 24 horas, los choferes de trailers descansan en una pensión para camiones pesados que se encuentra a la salida Norte-Poniente de Tuxtla Gutiérrez, cerca del lugar que ocupaba la entrañable Pochota.

Uno de ellos, envuelto en una hamaca que cuelga de un árbol, parece imperturbable, pese a que un ejército de moscas lo merodea.

En la pensión, un terreno árido quizás del tamaño de dos campos de futbol, están estacionados unos 40 camiones; algunos con los motores encendidos, emiten un sonido fragoso.

—Parece que ahí, en la mesa de la izquierda, hay uno que está comiendo —se acerca un poco más el vigilante, y dice con un gesto de complicidad.

Dentro de una fonda contigua, Ernesto López pasa de una mano a otra una gran tortilla, de esas que aquí en Chiapas le llaman “matamaridos”, que con casi medio pollo guisado, arroz y frijoles, constituye la primera comida “formal” luego de 31 horas de viaje.

VERACRUZANO DE CORAZÓN

“Soy trailero porque soy bueno en esto, porque me gusta y porque antes dejaba más dinero que trabajar en una fábrica”, expresa el hombre de 38 años de edad, originario “de un pueblito pegado” a Poza Rica, Veracruz”.

Después de 20 años recorriendo las carreteras del país en pesados vehículos, reconoce que está “fastidiado”; cuando joven quería conocer, pero ahora, “cada día que pasa, el cuerpo pide más tregua”

¿Qué si es difícil ser trailero? Entre bocados, Ernesto responde que el martes a las 10 de la noche partió de Monterrey, Nuevo León, ciudad donde reside la empresa para la que trabaja, y llegó a la capital de Chiapas este jueves a las cinco de la mañana, día en que se da la entrevista.

—¿No se paran en algún poblado a dormir?
—No, eso no se puede.
—¿Y cómo le hacen para aguantar?
—Ahora sí que a puro café y Coca-Cola; y, por ratos que ya no aguanta uno el sueño, nos estacionamos en una gasolinera y nos dormimos una media hora.

Un hombre, paliacate en la cabeza y sin playera, interrumpe: “ya está descargada la primera caja, jefe”, le dice. “Termine su desayuno, no hay cuete, lo aguantamos”.

Ernesto cuenta que no pueden pernoctar en algún hotel porque sus patrones trabajan por medio de citas; es decir, “acuerdan con los clientes que la mercancía llegará en un plazo determinado de horas, tiempo que los traileros deben cumplir si quieren recibir con prontitud su sueldo.

“Por ejemplo, si me ponen una cita de 36 horas y no la cumplo, mi patrón me puede tener en esa ciudad hasta ocho días de castigo… ese es el tiempo que se retrasa mi pago.”

LA NECESIDAD PROVOCA LOS ACCIDENTES

Y es precisamente ese sistema la principal causa de los accidentes en carretera en los que están involucrados traileres, asegura el hombre que ha terminado el guisado y ahora se empina un refresco hasta eructar.

La Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) informó a la Cámara de Diputados que México minimiza las medidas de seguridad preventivas de accidentes fatales en carreteras, al permitir el tránsito de vehículos de doble remolque, cuyas dimensiones y peso de carga superan por mucho las permitidas en otros países.

El peso bruto admitido en el país es de 80 toneladas, mientras que Estados Unidos y Japón sólo permiten vehículos de 36. Asimismo, la SCT indicó que en sus carreteras circulan los camiones de carga más largos, con 31 metros: un tercio más que en otras naciones.

Tan sólo Chiapas tiene mil 800 vehículos de carga, de los cuales 530 tienen doble caja, de acuerdo a Sergio Rayo Cruz, presidente de la Empresa Integradora de Transportistas de Carga en Chiapas.

Rayo Cruz subrayó que a nivel nacional los transportistas rebasan tanto el límite de carga como de dimensiones; “porque hay quienes llevan hasta 80 toneladas cuando está permitido hasta 52, y rebasan por dos y hasta dos metros y medio el largo de las jaulas, que debe ser de 12 metros”.

“Esto, sumado al pésimo estado de las carreteras y los puentes”, son la mezcla perfecta para provocar un accidente.

Pero Ernesto dice que la mayoría de los accidentes los provoca “la necesidad”. Para él dominar un trailer es como manejar cualquier vehículo: “solo hay que cuidar que el articulado no se salga de la carpeta”.

Comenta que hace 10 años no existía el doble remolque, una modalidad que los líderes transportistas implementaron “para llevar más mercancía en un solo viaje y ganar más dinero”.

“Aún así, no es difícil”. Lo peliagudo no es calcular que las llantas no se salgan en las curvas, sino mantener los ojos abiertos, reitera mientras se soba la panza que sobresale varios centímetros del cinturón.

EL AGANDALLE

Mantener los ojos abiertos también “para evitar el agandalle” y proteger la vida, ante las garras de los asaltantes, la delincuencia organizada y la policía.

—¿Qué tan peligroso es ser trailero?
—Ahorita, como está la situación, estamos expuestos a asaltos, a los narcos que piden tajada y al robo hormiga; si te orillas donde no conoces, te roban las refacciones y hasta las llantas.

Sin embargo, Ernesto considera que no son los “malandros”, sino los policías estatales quienes más los extorsionan.

“Somos el bistec de ellos todo el tiempo; si un camionero se para tantito a preguntar una dirección, rápido llegan y te piden tus papeles, ¡puro pretexto para exigir la mochada!”

Si esto sucede, el trailero desembolsa de 300 a dos mil pesos, “según se encuentre el humor de los polis”, dinero que paga de su sueldo, “pues el patrón nos dice que una vez que tomamos la unidad, es nuestra responsabilidad”.

—¿Hay mujeres en este oficio?
—Claro que hay mujeres al volante. ¡Son bien bragadas!, no se dejan, se ponen a la par de cualquier machito.

Y es que este trabajo “obliga a que te hagas fuerte”, a formar un carácter que puede dibujar una mala imagen para la sociedad.

“La gente generalmente ve un camión y dice ‘ese güey ha de venir mariguano’. Pero no, son pocos los que consumen anfetaminas para mantenerse despiertos: la mayoría somos personas solidarias… somos los únicos que nos paramos cuando vemos un carro descompuesto.”

Ernesto sonríe cuando le preguntan si tiene esposa e hijos. “Tengo mi señora y un niño”, responde al tiempo que saca su cartera para mostrar una fotografía de ellos.

—Mi esposa me da un chingo de vitaminas cuando llego y me ve todo madreado —expresa sobre la mujer de unos 35 años y tez morena de la gráfica.

Dice que para ellos son los cuatro mil pesos que gana en cada viaje. Por ellos se mantiene alerta durante las extenuantes travesías, aunque sólo los vea cada quincena, “cuando de pasadita llega a Veracruz y se queda uno o dos días”.

Llevarlos en algún recorrido sería un riesgo; Ernesto explica que la empresa donde trabaja sólo le da seguro de vida al conductor, por eso los traileros viajan solos.

“Soy siempre yo y la carretera… aunque ya si alguien quiere invitar a una amiga, es cuestión”, expresa en tono bribón.

—De eso sí tienen fama los traileros.
—Eso es de cada uno, porque si uno se dedica a trabajar no pasa nada, aunque hay quien puede recorrer otras ‘curvas’ y andar de cabrón.

La jornada de Ernesto no ha terminado, el joven del paliacate en la cabeza entra de nuevo a la fonda y le repite que la primera caja “ya está lista”.

Falta el segundo remolque. El trailero paga, agradece con evidente familiaridad a “Candita”, la dueña de la fonda, y se dirige al camión para descargar varias toneladas de lámina.

Cuenta que después dormirá unas horas antes de partir de regreso a Monterrey.

—¿Cuándo pararás? ¿Piensas dedicarte a otra cosa?
—algún día, algún día… es que el pinche amor por la carretera es de los meros buenos, hasta que te deja seco, ciego o te mata de hemorroides de tanto estar sentado.

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